21/8/11

El calor de la marcha


La ciudad como de costumbre cumplió puntualmente la cita. Desde largos minutos antes que el primer auto antiguo se asomara por la esquina, pequeñas multitudes se aglomeraron a lado y lado de la calle buscando el mejor panorama y las pocas sombras de los árboles. Una minoría más privilegiada se acomodaban lo mejor que permiten los asientos de unos palcos de metal. Ellos, bajo los efímeros techos improvisados del día anterior, fueron también afectados por el sofocante calor del mediodía. Pero nada era comparado con los menos afortunados que sin palco y sin árboles vivieron a la intemperie el evento, algunos con sombrillas, otros con parasoles improvisados de cuadernos, bolsos y chaquetas; pero todos con gotas de sudor asomadas en las sienes.

Pero la calurosa espera tuvo su recompensa: los autos aparecieron desfilando en la calle cual modelos en pasarela. Tan despampanantes eran los brillos de aquellas carrocerías que fueron luz del día, mitigaron los rayos solares y sacaron a flote el calor humano a través de sonrisas y gritos de alegrías. Los conductores hicieron sonar sus bocinas, algunos con divertidas melodías al mejor estilo de un carrito de helado; los copilotos y el resto de acompañantes saludaron agitando brazos a los espectadores por igual; los de palco y los de calle, quienes respondían con los mismos gestos gritando ¡bravo!, ¡viva! y aplaudiendo el paso de los vehículos (con una sonoridad melódica idéntica a los aplausos que se escuchan cuando el avión aterriza).

Un par de veces la caravana de carros se detenía. Lo malo de andar en carro viejo es que en cualquier momento te sacan la mano. Se escuchó a alguien decir en una de esas ocasiones. El ruido de los motores se apagaban y el desfile se transformaba en un trancón de carros. Era como evidenciar que desde que existen los carros existen también los trancones. Las sonrisas, los saludos y aplausos también se detenían. Pero no el tiempo. La multitud nuevamente sentía el sol sobre sus cabezas. Daba lo mismo si pasaban horas o minutos antes de que se reanudara la marcha; cuando hace calor cualquier espera se hace larga. Parecía que el desfile de autos clásicos y antiguos, que se celebra en Medellín durante la feria de las flores desde hace ya 16 versiones, le rindiera homenaje a Carlos Coriolano Amador, la primera persona que trajo un auto a estas mismas tierras y que, después de exhibirlo un par de cuadras, se queda varado ante la mirada escéptica de la muchedumbre, siendo luego empujado para guardarse. Ciento doce años después, la historia parecía repetirse.

Los autos estropeados fueron empujados y se retiraron del desfile junto a varios espectadores a quienes la espera bajo el sol los estropeó también. Los tripulantes reanudaron la marcha de esa manera un par de veces, con la misma vestimenta temporal y el mismo jolgorio: agitando brazos a los espectadores por igual; los de palco y los de calle; ¡Valete et plaudite!. Los 143 programados para el desfile encendieron el calor de la gente una vez más.

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Metz 1914
Ford 1928
Ford 1936
Chrysler 1939
Chevrolet 1940
Studebaker 1950
Chevrolet 1952
Cadillac 1954
Mercury 1954
Ford 1966
Buick 1970

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